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Juntos por el Cambio, en una nueva etapa amenazada por individualismos, liderazgos zigzagueantes y sincericidios.

Tras la votación del acuerdo con el FMI hay signos de un predominio de las “palomas”, aunque los “halcones” sacarán provecho del ajuste que se viene. La desorientación por el viaje de Mauricio Macri para jugar al bridge y la reaparición ácida de Elisa Carrió

NACIONALES 18 de marzo de 2022 Karukinka Noticias Karukinka Noticias
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Si luego de la votación en el Senado del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) comienza otra etapa del gobierno de Alberto Fernández, para Juntos por el Cambio también representa el inicio de un período distinto. La coalición opositora dio una muestra de madurez al contribuir a que se despeje el tan temido escenario del default. Y pudo sortear las diferencias internas entre “duros” y “dialoguistas” con la fórmula de respaldar el financiamiento, pero no el programa económico oficial.

Aun así, el futuro de JxC sigue estando lleno de incógnitas. No sólo sobre su eventual regreso al poder en 2023, sino sobre este ciclo que se abre desde hoy y hasta las próximas elecciones presidenciales. Los “halcones”, fortalecidos luego del triunfo electoral del año pasado, cumplen hoy un rol importante, pero no determinante en la principal fuerza de la oposición. Y el dato saliente es que vienen perdiendo posiciones que terminan ganando las “palomas”. No es casual. La UCR y la Coalición Cívica (CC) encabezan el sector moderado, junto con el ala “blanda” del PRO que encarnan Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal.

Esa virtual mayoría en la Mesa Nacional de Juntos por el Cambio es novedosa y detonará cambios en la dinámica interna. Este radicalismo de Gerardo Morales, ultradialoguista, amigo de Sergio Massa y de buena relación con Alberto Fernández, no parece el mismo que condujo hasta diciembre Alfredo Cornejo, cuya dureza ante el Gobierno lo emparienta con los “halcones” del PRO.

El pragmatismo y la moderación de Morales están asociados con los mismos atributos de Rodríguez Larreta. Los pasos de ambos, no casualmente, están condicionados por la gestión en sus distritos, que los obliga a negociar y buscar alternativas que no son las rupturistas que enarbola, por ejemplo, Patricia Bullrich, la presidenta del PRO cuya figura creció en las encuestas por su perfil intransigente, al que puede alimentar gracias a que tiene menos en juego que las figuras de JxC que deben gobernar un distrito.

En las últimas semanas, el contrapeso que ejercen los “halcones” influyó en la decisión de los legisladores del PRO de abandonar el recinto de la Cámara de Diputados cuando Alberto Fernández criticó a Mauricio Macri en la Asamblea Legislativa. Y su dureza sirvió para frenar el ímpetu acuerdista a ultranza de la UCR y la Coalición Cívica cuando debatieron sobre el acuerdo con el FMI. Así pudieron llegar a un equilibrio. Una virtud que estuvo tambaleó esta semana cuando los “halcones” del PRO se propusieron amenazar con no votar en el Senado el entendimiento con el Fondo si el Gobierno aumentaba las retenciones. La alianza del radicalismo y la CC logró frustrar la reunión de la Mesa Nacional de JxC del lunes pasado donde los “duros” iban a plantear aquella medida extrema. Y, a la vez, mantuvieron la mira en la aprobación del acuerdo con el Fondo.

Hacia adelante, es probable que los “halcones” vuelvan a imponerse en las decisiones internas en la medida en que se profundice el ajuste que implica el entendimiento con el FMI y que la oposición no podrá suscribir si no quiere quedar golpeada para 2023. Pero para este sector hay un problema inesperado: Mauricio Macri sigue actuando como el líder de la oposición, aunque su voz es una más dentro de la conducción nacional de JxC y puede perder más influencia aún en la medida en que desoriente hasta a sus aliados con actitudes como la de viajar a Italia para un campeonato de bridge en medio del empeoramiento de la crisis local.

Tampoco ayuda a un proyecto opositor confiable la inflamable locuacidad de Elisa Carrió, que hace 48 horas reapareció con críticas hacia sus propios aliados en un momento en el que Juntos por el Cambio podría -y debería- mostrarse más unida ante la creciente descomposición de la coalición peronista que gobierna el país. “Yo hoy no confío en nadie, salvo en la Coalición Cívica”, dijo. Y fue más allá aún: “He sido usada. Me miran, pero no me escuchan, a muchos les importa el proyecto personal. He dado muchos consejos, pero después hacen lo que quieren, de esa falta de respeto no sé cómo se vuelve. Yo no callo más”. Ni siquiera se salvó de esa mirada de rayo láser su amigo Rodríguez Larreta, a quien acusó de “tener empatía con todos”.

¿Puede sobrevivir una coalición con aspiraciones de volver al poder si se mantienen actitudes como las de Macri o Carrió? ¿Puede ganar en las elecciones de 2023 si no define primero un sistema para dirimir sus diferencias de manera no traumática? Peor todavía: ¿podrá gobernar sin sobresaltos un sector político en el que pesan los individualismos, los liderazgos zigzagueantes y el sincericidio suicida? Comienza otra etapa para Juntos por el Cambio. No le alcanzará si se empecina en hacer más de lo mismo.

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