La casa es nuestra.

Por el Lic. Facundo Armas y la Lic. Natalia Paz.
OPINION29 de julio de 2026Karukinka NoticiasKarukinka Noticias
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El 16 de julio de 2026 quedará grabado para siempre en la memoria colectiva de los argentinos. Aquella tarde, con los ojos del mundo entero posados sobre el campo de juego, la Selección Argentina derrotó a Inglaterra por 2 a 1 en un partido que demostró no ser uno más. La Selección Nacional convirtió una victoria deportiva en un acto de afirmación nacional, de reclamo de soberanía. Apenas sonó el pitazo final, los jugadores desplegaron una bandera con una consigna tan simple como irrenunciable: "Las Malvinas son argentinas". Lo hicieron aun sabiendo que la FIFA había prohibido cualquier manifestación de ese tipo. Durante unos segundos, el fútbol dejó de ser solamente fútbol. La camiseta albiceleste, una vez más,  volvió a abrazar la Causa más noble del pueblo argentino, recordándole al mundo que tenemos el 25% del territorio ocupado, colonialismo mediante, hace casi dos siglos. 

Para quienes vivimos en Tierra del Fuego, ese partido y esa mítica bandera no necesita demasiadas explicaciones.

Malvinas está en el aire que respiramos, que viene de sus costas a 592 Km de distancia. Está en nuestras escuelas, en nuestras calles, en nuestros veteranos, en sus monumentos, en nuestros mates y termos, en las mesas familiares, en cada 2 de abril y en la totalidad de nuestros símbolos. Malvinas forma parte de nuestra identidad. Es parte de nuestra provincia y de la Argentina que todavía tenemos que recuperar.

Quizás por eso aquella bandera molestó tanto en Gran Bretaña. La reacción del Gobierno británico fue inmediata y reclamó una investigación de la FIFA. No es un dato menor. Porque Gran Bretaña no solamente sostiene una ocupación militar y una explotación económica sobre una parte de nuestro territorio, también trabaja permanentemente para que esa ocupación parezca normal ante el mundo a través del Soft Power (poder blando)

Construir relatos, instalar nombres, producir contenidos, generar vínculos culturales y académicos, inventar concursos, influir sobre la manera en que otros miran un territorio. El propio Gobierno británico institucionalizó esta política con un Consejo de Poder Blando que opera a través de la embajada británica en Argentina en un intento de operación sistémica y desmalvinización.

Ese enojo también se tradujo en una campaña Anti Argentina que empezó pagada por redes (con cuentas bots inactivas comprobadas) y terminó con persecuciones, amenazas y golpes a compatriotas que viven en otros lugares del mundo.

Por eso la discusión sobre soberanía no sucede solamente cuando vemos un buque inglés paseándose del Pacífico al Atlántico con total impunidad, ni se agota en reclamar lo que nos pertenece También ocurre cuando dejamos de preguntarnos qué está pasando con nuestra tierra, nuestros mares y nuestros recursos. Y justamente el próximo 6 de agosto el Senado vuelve a discutir una modificación de la Ley de Tierras.

Hoy un extranjero puede comprar tierra argentina. La ley no lo prohíbe. Lo que existen son límites nacionales sobre cuánto puede concentrarse y sobre determinados territorios especialmente sensibles. El Gobierno de Javier Milei quiere flexibilizar esos límites con el argumento de atraer inversiones. Nosotros creemos que Argentina necesita inversiones. Necesitamos capital, producción, tecnología, infraestructura, empresas y trabajo. Pero hay algo que no podemos confundir:

Invertir en Argentina no es comprar a Argentina.

Si alguien viene y construye una planta, genera energía, desarrolla turismo, produce alimentos, incorpora tecnología o genera trabajo, está invirtiendo.

La tierra ya estaba acá. Y la tierra no se fabrica. Parece una obviedad, pero en el mundo que viene, es una de las discusiones más importantes. Agua. Alimentos. Energía. Minerales. Mar. Biodiversidad. Rutas marítimas. Antártida.  Argentina tiene una enorme parte de los recursos que serán estratégicos durante las próximas décadas. Francisco hablaba de nuestra Casa Común.

Una casa que recibimos, habitamos y tenemos la obligación de cuidar también para los que vienen después. Nos gusta pensar que esa idea tiene también una dimensión profundamente nacional. Porque nuestra casa es este suelo, pero también nuestro mar. Argentina no termina en la costa.

Somos una Nación marítima y bicontinental.

Y desde Tierra del Fuego sabemos que el mapa cambia completamente cuando se lo mira de esa manera.

Durante años nos dijeron que éramos el fin del mundo. Pero tenemos frente a nosotros la Antártida (que es el futuro de la humanidad), estamos sobre el Atlántico Sur, tenemos recursos pesqueros, energía, hidrocarburos, biodiversidad y una posición logística extraordinaria. Lo que muchas veces nosotros seguimos mirando como periferia, las grandes potencias lo reconocen como territorio estratégico, porque lo es.

Gran Bretaña tiene una ocupación colonial sobre nuestras Malvinas y territorios adyacentes, mantiene allí presencia militar y explota recursos del Atlántico Sur. Capitales vinculados al Reino Unido e Israel avanzan sobre el petróleo de Malvinas con el proyecto Sea Lion, mediante licencias que Argentina considera ilegítimas. En Tolhuin tenemos un radar inglés, tenemos además el Puerto de Ushuaia intervenido por el Gobierno nacional, siendo una infraestructura central para nuestra proyección antártica. Y ahora Israel avanza en la apertura de un consulado honorario en Ushuaia.

No necesitamos afirmar que todo forma parte de una única operación para advertir algo evidente. El mundo sabe perfectamente cuánto vale Tierra del Fuego.

Los intereses extranjeros existen, es normal que existan. La pregunta es ¿Cuáles son los intereses argentinos? Ese debería ser el centro inamovible e irrenunciable de nuestra política exterior, nuestra política económica y también nuestra política sobre la tierra.

No queremos una Argentina cerrada. Queremos producir, queremos inversiones, queremos desarrollar nuestros recursos. También queremos que nuestras enormes extensiones rurales produzcan más, incorporen tecnología, generen empleo y permitan nuevas actividades. Y queremos que más argentinos tengan oportunidades reales de acceder a tierra para construir, producir y desarrollarse.

Eso no es estar en contra de la propiedad privada. Es pensar para qué queremos nuestro territorio y cuál es nuestro destino común como Nación. Hablar de soberanía no es solamente una bandera, es saber quién tiene la tierra, quién controla nuestros puertos, quién observa nuestros cielos, quién pesca en nuestros mares, quién explota nuestra energía y quién se queda con nuestra riqueza. Y, sobre todo, quién decide. Hoy la pelota está de nuestro lado y no podemos ser menos que la Selección Nacional.

Por eso lo que se discute el 6 de agosto no debería pasar inadvertido. No se trata de estar a favor o en contra de los extranjeros. Se trata de decidir si Argentina quiere seguir teniendo herramientas nacionales para cuidar aquello que es estratégico. Las grandes potencias conocen perfectamente el valor de la tierra, del agua, del mar y de la Antártida. Nosotros  también tenemos que conocer el valor de nuestra casa. Porque necesitamos abrirla al mundo, producir y desarrollarnos. Pero antes hay algo mucho más elemental:

LA CASA ES NUESTRA.

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