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El complot, toda una historia.

Siempre ha existido una relación estrecha entre las intrigas de los relatos literarios y las teorías conspirativas que son, en su esencia misma, productos de la imaginación. Creadas en muchas ocasiones con el pretexto de dar un sentido al mundo en el que vivimos, a veces pueden tener efectos reales en nuestras vidas con consecuencias que pueden ser trágicas, tal y como explica Peter Knight.

OPINION 12 de agosto de 2022 Karukinka Noticias Karukinka Noticias
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Desde las Bacantes de Eurípides hasta el Código Da Vinci de Dan Brown, las doctrinas esotéricas, las sociedades secretas y las conspiraciones siempre han fascinado a los escritores de todas las épocas. Una conspiración perfecta no deja rastro alguno por definición, y una teoría conspirativa es una especulación imaginaria acerca de la existencia de un grupo que, oculto entre bastidores, manipula los acontecimientos. Las teorías conspirativas crean relatos con objeto de dar un sentido a eventos que, de otro modo, se considerarían aleatorios, integrándolos en un vasto complot global. 

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Aunque la gran mayoría de las ficciones literarias de índole conspirativa sólo pretenden entretener al público, algunas pueden tener repercusiones sorprendentes en el mundo real. El asalto al Capitolio de Washington, perpetrado el 6 de enero de 2021, parece sacado de una novela estadounidense de 1978 titulada The Turner Diaries que, profundamente hostil al gobierno, describía una imaginaria insurrección apocalíptica de supremacistas blancos y, en su día, ya influyó en Timothy McVeigh, autor del atentado con explosivos perpetrado en 1995 contra un edificio federal de Oklahoma City en el que murieron 168 personas.

Un documento falsificado con consecuencias trágicas.

Aunque las teorías conspirativas sobre la presunta pervivencia de la secta de los Iluminati datan del decenio de 1790, muchas de las versiones más peregrinas sobre ella difundidas ahora por Internet se inspiran involuntariamente en la disparatada trilogía contracultural The Illuminatus!, publicada por primera vez en 1975 y escrita por Robert Shea y Robert Anton Wilson, dos periodistas de la revista Playboy. Fascinados por el sinfín de cartas de lectores recibidas en la redacción que defendían toda clase de teorías conspirativas inverosímiles, escribieron un libro imaginando que “todos esos chiflados estaban en lo cierto y que los complots de los que hablaban existían realmente”.

Los protocolos de los sabios de Sion es el ejemplo más significativo de un texto conspirativo totalmente falsificado que se llegó a considerar auténtico. Publicado por primera vez en 1903 en Rusia, este falso documento se presentó como un conjunto de actas de reuniones secretas de sabios judíos que urdían un complot para dominar el mundo. Aunque en 1921 quedó demostrado que era falso, eso no fue óbice para que los nazis lo invocaran como un elemento justificativo del Holocausto.

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Este documento se sigue difundiendo actualmente en muchos países y sirve de fundamento a muchas teorías conspirativas contemporáneas dirigidas contra las “élites”, los “mundialistas” y los “financieros”, términos a menudo usados para designar en clave a los judíos. Diversos trabajos de investigación han demostrado que partes de ese texto son adaptaciones de un capítulo de una oscura novela decimonónica titulada Biarritz, publicada en 1868 por Hermann Goedsche, un autor prusiano antisemita, y que otros elementos se extrajeron de un libelo satírico francés contra el régimen de Napoleón III, publicado en 1864 por Maurice Joly con el título Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Plagio de ficciones literarias, pues, Los protocolos de los sabios de Sion presentan un complot ficticio que se llegó a considerar un hecho real, con las consecuencias trágicas por todos conocidas.

Planes diabólicos y sociedades secretas.

Los textos de ficción, incluidos los falsos como los “Protocolos” tienen, respecto a otros textos donde también aparecen teorías conspirativas (artículos de investigación, panfletos, documentales, etc.) que ofrecen a los lectores el aliciente de que dramatizan presuntos complots, escenificándolos en lóbregas habitaciones llenas de humo de tabaco. Aunque las conspiraciones y las sociedades secretas siempre interesaron a la literatura, hasta el siglo XIX no se convirtieron en elementos cardinales de las tramas novelescas. 

En ese siglo surgió en Alemania el género literario denominado Geheimbundroman, o novela de sociedades secretas, mientras que en la Gran Bretaña de la época los escritores sentían a la vez fascinación y repulsión por la constelación de sectas masónicas, logias carbonarias italianas y sociedades secretas irlandesas que conspiraban contra los gobiernos. 

Sin embargo, hasta principios del siglo XX los relatos policiacos y de suspense no llegaron a constituir un género literario específico, basado en la sospecha de que por debajo de una maraña de hechos superficiales se oculta siempre una realidad más profunda.

Identificación con un héroe.

Las obras de ficción con temática conspirativa no se limitan a mostrar los mecanismos internos de las intrigas urdidas, sino que a menudo incitan a los lectores a identificarse con un personaje determinado, por regla general el detective heroico y solitario. En la novela policiaca y de suspense con ese tipo de temática hay en realidad dos relatos que se oponen. Uno de ellos describe el itinerario del detective, es decir, la apasionante historia de suspense donde los acontecimientos se precipitan: desde que el investigador se percata de que todo lo que cree es mentira hasta que descubre por fin el complot y se produce el anhelado restablecimiento del orden. 

En paralelo, además, transcurre otro relato: el relativo al delito inicial perpetrado con anterioridad al comienzo de la acción de la novela. En este género literario, suele ocurrir que, a medida que el detective va descubriendo más detalles sobre la conspiración, ésta va cobrando proporciones cada vez mayores. El lector descubre repetidas veces que lo que había creído ser verdad, no es más que una pista falsa sembrada por conspiradores diabólicos. Gran parte del placer de leer una novela conspirativa emana del deseo ambivalente de conocer la “gran revelación” y de no desentrañar a fondo su misterio.

El interés de la literatura en la sospecha y la interpretación de los hechos, que tiene su origen en las obras de algunos escritores del siglo XIX, como Edgar Allan Poe y Henry James, se convirtió en un pilar de la escritura modernista del siglo XX. Sin embargo, el pleno florecimiento de las ficciones literarias de índole conspirativa en la literatura estadounidense sólo se produjo después de la Segunda Guerra Mundial. La conspiración es, en efecto, un tema al que han prestado un interés fundamental algunos de los escritores más ilustres de la posguerra como William S. Burroughs, Don DeLillo, Joseph Heller, Ken Kesey y Thomas Pynchon.

“Paranoia creativa”.

Esos autores crean reiteradamente situaciones en las que los protagonistas de sus relatos –casi siempre un hombre blanco– sienten que su libertad, su identidad y su poder, e incluso su propio cuerpo, corren el riesgo de ser controlados por fuerzas oscuras. Para explicar lo que realmente pasa, estas ficciones literarias adoptan deliberadamente una forma que Pynchon denomina “paranoia creativa”. Presentan la teoría conspirativa como un medio de aprehender los sistemas impersonales en la era del poder estatal, del capitalismo empresarial y de los medios de información y comunicación de masas. La conspiración deja de ser un complot del extranjero para infiltrarse en la nación, y se convierte en una amenaza más ambigua e invasiva que viene del interior. 

En esas condiciones, no es sorprendente que muchas de esas ficciones literarias se planteen la pregunta de cómo llegamos a saber lo que creemos saber. De las narraciones que antes escenificaban complots imaginarios, dramatizándolos, se pasa a relatos en los que se reflexiona sobre la posible existencia real de complots. Las ficciones literarias más recientes de este tipo tienen desenlaces ambiguos e inciertos, donde el detective se pregunta siempre si las pistas no eran espejismos. 

Si la literatura modernista invita al lector a una lectura “paranoica”, al incitar al lector a descubrir significados ocultos y alusiones veladas, la literatura postmoderna pide a sus lectores una lectura que se ha calificado de “metaparanoica”, esto es, una focalización introspectiva en cuestiones radicalmente sospechosas. Tal y como sugieren relatos conspirativos como los del autor de ciencia ficción Philip K. Dick o películas como Matrix, lo que creemos que es la realidad podría ser tan sólo un montaje engañoso ideado en un complot diabólico. No hay que fiarse de nadie, tal y como se propugna en la serie televisiva X-Files.

La focalización de la literatura conspirativa posmoderna en la incertidumbre del conocimiento concuerda con la modalidad predominante de la crítica literaria y cultural de los últimos decenios, alimentada de lo que el filósofo francés Paul Ricoeur llama “hermenéutica de la sospecha”. Los inicios de esta corriente crítica se remontan a Marx, Nietzsche y Freud que trataron de desentrañar, respectivamente, las fuerzas económicas, morales y psicológicas ocultas que rigen la evolución de la historia y la conducta del ser humano. 

Nada es lo que parece.

Esa modalidad de interpretación parte del supuesto de la existencia de una realidad más profunda, oculta bajo apariencias superficiales engañosas, que la crítica tiene el deber de detectar. De igual manera, las teorías conspirativas parten del supuesto de que las apariencias son siempre engañosas, que nada de lo que ocurre se debe al azar y que todos los eventos guardan forzosamente una relación entre sí. Estas teorías entrañan a menudo peligrosas quimeras, a las que algunas veces han contribuido los relatos sobre conspiraciones.

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Sin embargo, las mejores ficciones literarias sobre conspiraciones son las que exploran con creatividad la frontera borrosa que separa la interpretación justificada de la interpretación paranoica. Este tipo de literatura obliga a los lectores a reflexionar sobre la naturaleza del libre albedrío, especialmente en una economía global cada vez más compleja, y nos pone ante una polaridad imposible: o un mundo absolutamente contingente y carente de sentido, o un mundo regido totalmente por las conspiraciones en el que todo está planeado de antemano. Al poner al lector en la piel del detective, la literatura sobre conspiraciones puede ayudarnos a comprender más a fondo el gran poder de seducción que llegan a tener las teorías conspirativas, al tiempo que nos ofrece una reflexión profunda sobre los problemas que plantea la conspiración como medio de dar un sentido al mundo.

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